Artículo 5-¡No puedo con mi hijo! ¿Qué hago?

Queridos padres, la educación de un hijo es un mundo apasionante que comienza desde el primer momento que lo tomas en brazos. ¡Qué guapo! ¡Qué maravilla! ¡Qué ilusión! Y es que, sin duda alguna, tener un hijo es lo mejor que te puede pasar en la vida. Aunque a veces las buenas intenciones pueden caer en despropósitos, ya que tener un hijo no significa plasmar en éste nuestras frustraciones, aquello que siempre quisimos ser y no fuimos, metiéndolo en una burbuja intocable y de la que no puede salir. ¡¡NO!! Tener un hijo es una prueba de amor y no hay mejor amor que ayudarle a descubrirse, que aprenda a conocerse y desarrollar su autoconfianza, para que éste descubra el camino que realmente le va a hacer feliz. Lo contrario puede significar el camino hacia un posible futuro “hijo tirano”, que domina a sus padres y los extorsiona constantemente. ¿Por qué? Porque no hay nada peor en las primeras edades que hacer de tu hijo un niño mimado, que lo tiene todo y no necesita preocuparse por nada, protegiéndole en una burbuja y no dejándole que adquiera autonomía personal, idóneo para fomentar los miedos y las inseguridades. Así, por ejemplo, podemos encontrar a niños que con ocho años no saben siquiera atarse los cordones de las zapatillas. ¡Que lo haga la mamá, que para eso está! Claro, luego, cuando surge un problema, estos niños súper protegidos son carne de cañón para sufrir profundas depresiones, problemas de personalidad, etc, porque se ahogan en un vaso de agua. Y esa frustración la vuelcan en sus progenitores. Así que, sin darnos cuenta hemos forjado a ese hijo tirano, que, en muchas ocasiones, acaban siendo violentos con sus propios padres.Bueno, ¿qué hacer para que eso no ocurra? ¿Qué principios básicos tengo que seguir en la educación de mis hijos o alumnos? Voy a enumerar varios aspectos a tener en cuenta, que son como las lentejas: si los quieres los tomas y si no los dejas.

  1. Nunca pegues a tu hijo. ¡Pero se lo merece! ¡Es la única manera que tengo que me obedezca! ¡Es que así sabe lo que está bien y lo que está mal! ¡No puedo con él y es la única herramienta que tengo! Respuestas típicas de aquellos padres desesperados, que, aún queriendo lo mejor para sus hijos, recurren al cachete. Pero sabed, queridos lectores, que un mal comportamiento no se extingue con la fuerza física. Pegar a un niño no sirve absolutamente para nada. Es más, está demostrado que aquellos padres que pegan a sus hijos los convierten en violentos, y, luego, repercutirá negativamente en la relación con sus iguales, ya que estos niños solucionan los problemas con la medicina que han recibido. Además, la piel tiene memoria, y con ello no me refiero a las marcas que deja un cachete, me refiero a que tu hijo no olvidará ese cachete que recibió nunca en su vida.
  2. Evitar gritar a tu hijo o, si eres docente, a tus alumnos. Cuando uno grita es porque ha perdido el control. Si pierdes el control el problema lo tienes tú, no la otra persona. Para mí gritar es perder la batalla, te han ganado, un niño ha podido contigo. ¡Sí, claro, como tú no tienes al hijo que yo tengo! ¡Anda ya, si no gritase se me comían! Posibles respuestas, pero yo te digo que al final el niño se acostumbra a los gritos y te puedes estar pasando la vida gritando y no conseguir absolutamente nada. Bueno, sí, puedes conseguir una úlcera de estómago, porque cuando gritas te pones de los nervios y eso afecta a tu organismo; también puedes conseguir que tu hijo pierda la confianza en ti, porque a nadie le gusta que le griten.
  3. Grave error el reforzar constantemente lo que el niño no tiene que hacer. “Carlitos, no toques eso”, “Estate quieto de una vez”, “Cállate”. Si haces eso acabas de caer en la forma a la que se acostumbra el niño para captar tu atención, que, al fin y al cabo, es lo que quiere.
  4. Entonces, ¿qué hago? Pues yo te voy a hablar de mi experiencia y son miles de alumnos los que he tenido a lo largo de mi vida y siempre me han respetado. A los niños se les tiene que hablar con ternura, porque el niño merece ser tratado con respeto y de forma civilizada. ¿Qué es lo que mejor funciona para educar a un alumno o a un hijo? El refuerzo positivo. Ahí está una de las claves. En lugar de decir al niño que molesta: “Cállate”, yo digo de forma elocuente al que está callado: “Muy bien, Pedro, calladito y atento, como a mí me gusta”. Automáticamente, los niños dejan de hablar, porque quieren recibir el refuerzo positivo que le estoy dando al otro niño. Otro ejemplo, el caso del hermano que pega al pequeño por celos. En ese caso podemos reforzar el momento cuando juega con su hermano pacíficamente o cuando tiene una muestra de cariño con él: “Me ha encantado verte jugar con tu hermano, y ver ese abrazo tan bonito que le has dado. ¿Lo puedes hacer otra vez y llamo al papá para que lo vea?”. No olvidemos que los malos comportamiento no son más que una llamada de atención y uno tiene que saber leer qué hay detrás de esa llamada. Tal vez el niño tenga un problema que a ti se te está pasando por alto. Sí, efectivamente, detrás de un mal comportamiento hay un problema, no hay nada más. No hay maldad, sino que el niño está sufriendo y tú tienes que encontrar la causa de ese sufrimiento. Si le pegas, aumentas el sufrimiento del niño; si le gritas, todavía ahondas más esa angustia en su ser; si le dices lo malo que es, le mermas la poca autoestima que tenía. ¿Quieres que cambie tu hijo? ¡Cambia tú primero! Dicho esto, no significa que yo solvente todos mis problemas con refuerzos positivos. No, hay casos muy graves que necesitan de una llamada directa de atención. ¿Cómo? Pues si eres maestro o profesor, te puedo asegurar que de nada sirven los discursos en clase. Cuando los alumnos empiezan a desmadrarse, yo tomo la raíz –el niño que distorsiona la clase y parece no responder adecuadamente-, lo saco fuera de la clase para que no se sienta protegido por sus compañeros –al fin y al cabo es una llamada de atención y si estos no están ya no es gallito-, lo miro a los ojos y en un tono muy serio hablo con él. Mi discurso es breve, pero tajante. Y con una vez que utilice esa técnica normalmente no la tengo que utilizar más. ¿Por qué? Porque para el niño es un contraste brutal el ver a una persona que siempre está tranquila y serena, dando refuerzos positivos, a de repente encontrarse ante una situación tan tensa y chocante. El niño no es tonto, no quiere volver a enfrentarse con mi mirada y mi hostilidad, quiere seguir recibiendo mis refuerzos positivos, y esa es la mejor técnica que he descubierto en toda mi vida, pero estamos viendo que va acompañada de las otras que estoy mencionando.
  5. Cumple siempre tu palabra. Si dices algo, cúmplelo siempre, porque si dices una cosa que luego no vas a cumplir, ya has perdido la credibilidad. Entras en la ruleta de la suerte: lo cumplirá o no lo cumplirá. Yo siempre cumplo lo que digo, por eso no tengo que repetir las cosas dos veces. De manera que sólo tengo que hacer una advertencia, porque a la segunda ya se aplica el castigo. Cuando está la incertidumbre de si será verdad o mentira, los niños se desmadran, porque te van probando y les das un dedo y cuando menos te lo esperas ya te tienen cogido el brazo y las dos piernas, porque no has sabido definir correctamente los límites.
  6. Los castigos –se aplican en último termino- tienen que ser molestos para el niño, pero no traumatizantes ni desproporcionados. Tienen que servir para la reflexión, para que un comportamiento que quieres extinguir y que es incorrecto no vuelva a repetirse; o sea, que siempre concluirán con un diálogo. Si se repite y estás castigando constantemente es porque algo está fallando y no estás consiguiendo nada, más que una tomadura de pelo. Estás entrando en un juego de llamada de atención del niño y su problema no se ha solucionado. Por tanto, mide la cantidad de castigos que aplicas y verás la cantidad de problemas que tiene tu hijo o tienes tú, porque no es normal estar castigando constantemente a un niño. El castigo es una herramienta muy puntual que cuando se utilice tiene que ser sumamente eficaz
  7. Premios. ¡Qué importante son si se aplican bien! Un premio no puede convertirse en algo material, porque primero va la bici, luego el ordenador y luego un coche. No, los premios pueden ser, por contra: hacer el postre favorito del niño, darle un fortísimo abrazo, jugar a lo que más le guste, visitar un parque…; en definitiva, no entrar en el juego del materialismo, que eso deja vacío el corazón.
  8. Buscar ayuda profesional cuando no sepas qué hacer o cómo actuar, pues para algo están los profesionales.

Para concluir, decirte que si eres capaz de despertar la autenticidad de tu hijo o tus alumnos, serás capaz de vislumbrar la bondad más pura que existe sobre la faz de la tierra.
(Una novela que puede ayudarte: “El psicólogo de Nazaret“).Antonio Gargallo Gil
(Próximo artículo: ¿Cómo potenciar la comunicación padres-hijos a través de la literatura?). 

Este vídeo te será de gran ayuda: “Mejora tu autoestima y la de tus hijos”:

Antonio Gargallo Gil

Fecha publicación: Lunes, 1 de agosto de 2011

  Artículo 4-Literatura para niños

Artículo 6-¿Cómo fomentar la comunicación padres-hijos a través de la literatura?

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