Artículo 2-El Camino de Santiago, un camino de desarrollo personal

Me gustaría compartir con todos mis seguidores y amigos una de las aventuras más apasionantes que he vivido y que recomiendo encarecidamente: el Camino de Santiago. Aquellos que no lo han realizado seguro que se estarán preguntando: ¿Y qué tiene de especial una de las peregrinaciones más famosas del mundo, que acoge a personas de todas las edades y de multitud de países? ¿Realmente te aporta beneficios físicos, mentales y espirituales? Adentrémonos, pues, en la experiencia de este humilde peregrino que tuvo la oportunidad de recorrer los 1500 km que van de Le Puy en Velay hasta Santiago.

Hace tres años cogí mis dos mochilas: la del equipaje, con no más de 6-7 kg –agua y comida incluida-; y, la más pesada: la carga emocional que el día a día va acumulando en tu cuerpo y en tu mente, dejando unos residuos que empañan tu paz interior y enturbian la visión de la realidad, de la verdad de la vida. Muchos autores como Maslow o Rogers dirían que esos residuos obstaculizan el desarrollo personal al que todo ser aspira: ¡una digna autorrealización! En otras palabras, no hay mayor barómetro que la paz interior para saber si uno está distanciado de la esencia de su ser: la fuente personal de donde brota la felicidad y que, sinceramente, no es fácil conectar, más aún cuando estamos envueltos de ruido y constantemente bombardeados por mensajes consumistas y destructores que lo único que pretenden es que la sociedad de consumo no decaiga para que los ricos sigan haciéndose ricos, que, al fin y al cabo, es a lo único a lo que aspiran.

Fue así como me embarqué en mi personal aventura. Primero realizaría Roncesvalles-Santiago, en 29 etapas, y con un planteamiento que me ayudó a liberarme de esa mochila “pesada” y que os comparto por si a alguien le sirve de ejemplo o de reflexión. Mi jornada empezaba a las 6:15 y a las 6:30 ya estaba en camino –¡soy una bala para levantarme!-, pues el astro rey todavía está aletargado y el frescor de la mañana revitalizaba mi mente y mi cuerpo, dejando que las ideas, los pensamientos siguiesen su curso natural y fuesen aposentándose y ordenándose, permitiendo que la paz interior inundase todo mi cuerpo, todo mi ser. Por ello me gustaba caminar en solitario y en silencio las dos primeras horas de la mañana. Después, el compartir el camino con otros peregrinos era revitalizador y didáctico, pues son tantas las cosas que puedes aprender de cada ser. Al mediodía llegábamos al albergue, realizaba ejercicios de estiramiento –para descargar los músculos-, tomaba la ansiada ducha que eliminaba el cansancio a medida que se eliminaba el sudor de la piel, lavaba la ropa, comida y una pequeña siesta, para pasar el resto de la tarde y noche con el resto de peregrinos que se convierten en unos amigos cercanos –a pesar de que apenas nos conocemos-, pero es curioso el grado de empatía que se adquiere. Y a las 23:00 a dormir.
Cuando llegué a Santiago, recuerdo una sensación de alegría y bienestar. Por un lado estás impaciente por llegar y, por otro, te entristece dejar un camino que te ha ayudado a limpiar tu mente, a fortalecer tu cuerpo y a enriquecer tu alma. Por ello quise al año siguiente adentrarme en tierras francesas y realizar el mismo tramo –750 km- pero desde Le Puy en Velay a Roncesvalles –aunque en dos años, en total 27 días-.

En cuanto al paisaje y pueblos, me quedo con la parte francesa, ya que atraviesas el macizo central donde te encuentras con poblados que te evocan a la Edad Media: ¡espectaculares! Recuerdo con especial cariño: Le Puy en Velay, Espalion -ver fotografía-, Conques y Saint Jean Pied de Port. Pueblos encantadores y dignos de contemplar, donde la vista se recrea ante los caprichos que la naturaleza y la creatividad del ser humano se funden para formar obras de arte difíciles de olvidar. También fue un aliciente el poder practicar el francés y el inglés que tanto me gustan y que para mí es una auténtica diversión el poder hablarlos. Es más, os confieso que el italiano lo empecé a aprender con los peregrinos italianos que conocí de Roncesvalles a Santiago y que, luego, decidiría continuar estudiándolo en la EOI. Comentar, también, que los albergues en Francia son mejores y menos numerosos, ya que los caminos no están tan transitados como en España, pero tienen el inconveniente de que son más caros –el doble que en España-.

Y para concluir responderé a un par de preguntas que seguro se os habrán pasado por la mente: ¿Cuál es la etapa más bonita y cuál es la etapa reina? Pues, para mí, ambas coinciden y os mencionaré una de cada país. La etapa reina es Saint Jean Pied de Port-Roncesvalles, pero con una belleza sin precedentes. Antes de afrontar la etapa todos decían que era extremadamente dura y, la verdad, no lo es –a no ser que empieces tu primera etapa allí, que entonces sí que puede ser dura porque tu cuerpo no está rodado-. Para mí, sin duda, se convirtió en la etapa más bonita de todo el camino, disfruté cada paso, cada segundo y sólo tenéis que ver -en la fotografía- mi cara y mi cuerpo tras conquistar la cima. Son momento épicos, de esos que se quedan impregnados en tu cuerpo y en tu mente, y ya no desaparecen ni con el agua ni con el tiempo. Respecto a España, la etapa reina y la más bonita, también coinciden: la subida a O’ Cebreiro. Recuerdo la etapa con sumo cariño porque disfruté de la aurora de la mañana, con un paisaje vestido de gala para dar la bienvenida al peregrino y con una sensación de libertad y bienestar que te insuflaba una energía positiva capaz incluso de rejuvenecer.
Y es que el que hace el camino, siempre tiene ganas de volver. Es más, si el cuerpo te respeta y no te castiga con alguna lesión desafortunada –ampollas o tendinitis las más comunes-, tienes asegurada una conexión vital con la esencia de tu ser, que, aunque no te lo creas, es tan verídica como la vida misma, tan real como la verdad, tan vital como el oxígeno y tan pura como el crisol que purifica el alma.

¡Buen camino!

Antonio Gargallo Gil

Fecha publicación: Domingo, 18 de abril de 2010

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